¿Dónde están los esclavos? Oriol Regué Sendrós, El Pais. 9 de marzo de 2025

3/10/25
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Historia
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Elaborar una memoria colonial de Cataluña es una tarea difícil. Tanto el activismo antirracista como la academia ya hace tiempo que exploran críticamente el pasado colonial catalán, pero tan pronto como la conversación llega al gran público, los contornos de lo que hay que tratar se desdibujan. El ejemplo más patente de este fenómeno es el documental de TV3 Negrers: la Cataluña esclavista (2022). Eslóganes condenatorios y escenas dramatizadas se suceden sin ninguna voluntad de explicar nada más que lo que ya se sabía: que la esclavitud está mal, que es horrible, y que los catalanes participaron. Naturalmente, situar el legado esclavista catalán en el centro del debate público es positivo. Cada vez es más difícil refugiarse en la ignorancia para obviar unos vínculos incómodos que embrutecía la narrativa de la Cataluña moderna y liberal que se industrializaba únicamente gracias a la explotación obrera y el emprendimiento burguesa. Pero con los elementos que aporta el documental, el debate será corto y el rendimiento, magro.

Un legado puede ser físico, una fosa común o una estatua ecuestre, pero también puede ser intangible, como una memoria traumática o una forma dialectal peculiar. A menudo son estos últimos legados los más difíciles de gestionar, porque una fosa se puede exhumar y una estatua se puede retirar, pero determinar el impacto de injusticias pasadas en la experiencia personal y subjetiva de individuos y colectivos del presente es una tarea compleja y conflictiva. Los legados son elementos del pasado que permanecen en el presente, y hay que confrontarlos con algo más que buena voluntad. Lo primero que hay que hacer es identificarlos.

¿Cuáles son pues los elementos que conforman el legado esclavista catalán? ¿Son únicamente las fachadas modernistas y las fortunas coloniales que financiaron la industria catalana? ¿Son sólo las habaneras y las mansiones de los indianos a lo largo de la costa? El documental Negrers, como buena parte del discurso público sobre el esclavismo, se ha centrado simplemente en decir que el dinero estaba sucio, que las riquezas eran ilícitas, y que provenían de mundos lejanos donde todo estaba permitido. Conviene, sin embargo, no quedarse en el lugar de llegada. Hay que ir maravillándose para ver muy de cerca cómo se embrujaron, ese dinero, y qué se ha hecho, de los lugares y las personas que sufrieron con el fin de generar estas fortunas. La compra de hombres, mujeres y niños en África y su explotación en las colonias también forman parte del legado esclavista catalán.

'La Jungla', de Wifredo Lam.
'La Jungla', de Wifredo Lam.Album / Fine Art Images

La exposición del Museo Marítimo de Barcelona La infamia: la participación catalana en la esclavitud colonial —con guión de Antoni Tortajada, asesoramiento científico de Martín Rodrigo y proyecto museográfico de Ignasi Cristià— hace el esfuerzo de acercarse a él de una manera como no se había hecho hasta ahora en Cataluña. Treinta años después de la exposición pionera Cataluña y Ultramar (1995), comisariada por Josep Maria Fradera y César Yáñez, la nueva muestra aporta novedades interesantes como una lista actualizada de empresarios adinerados y de capitanes de barcos que participaron en el negocio del tráfico de esclavos, o la nómina de catalanes que se fueron a África para hacer de intermediarios entre las redes esclavistas africanas y europeas (los llamados "factores"). Todo ello, es fruto del trabajo incansable que han realizado Martín Rodrigo y otros historiadores catalanes en las últimas décadas. El argumento de arranque es conocido: una parte importante de la pujanza económica de la Barcelona y la Cataluña del siglo XIX estaba estrechamente ligada al entramado colonial y a la explotación de mano de obra esclava. En lugar de quedarse en Barcelona, la exposición ha intentado recorrer a los catalanes y sus vínculos con la esclavitud en África y en América, y así pluralizar lo que constituye el legado esclavista catalán. A pesar de todo, al pasear por las salas de la exposición, uno no puede evitar preguntarse: ¿dónde están los esclavos? Ellos y sus descendientes, ¿no son legados catalanes de la esclavitud? La exposición hace bien poco para mostrar a las personas esclavizadas como agentes activos y resistentes al proceso de explotación y deshumanización al que se les sometió.

La exposición representaba una oportunidad para hacer una reproducción de las bodegas donde se encerraba a los esclavos

Está bien identificar y conocer a los catalanes que se instalaban en fuertes en la costa africana para adquirir cautivos, los "traficantes de almas" que estudió Gustavo Nerín. Pero, estando en el Museo Marítimo, la exposición representaba una oportunidad única para hacer una reproducción a tamaño real de las bodegas donde estaban encabezados los esclavos, el bottomless pecho que cantaba Bob Marley. Como explica Marcus Rediker en el ensayo The Slave Ship (2007), fue en estos espacios insalubres, durante el viaje transatlántico, donde surgieron entre los esclavizados nuevos lazos de solidaridad que trascendían sus etnias de origen. Una vez en las colonias, las identidades y las vidas de los esclavos se entrelazaban irremediablemente, a menudo a la fuerza, con aquellos que los poseían, y el caso catalán no es la excepción. Hoy, en la ciudad cubana de Colón, se encuentra mucha gente con el apellido "Baró," incluso "Barón y Barón." No son descendientes de catalanes, sino de los esclavos de Josep Baró Blanxart, bautizados con el apellido del amo como era práctica común en la isla. Recorrer los apellidos catalanes de los árboles genealógicos de estas personas esclavizadas no llevará a Canet de Mar o a Vilanova i la Geltrú, sino a un final abrupto, a un nombre catalán suplantando a otro africano.

Hace años, la escritora norteamericana Toni Morrison exploró en Beloved (1987) cuanto de difícil era para los exesclavos y sus descendientes desembarazarse de la perversión con que la esclavitud lo había impregnado todo: la historia, los ancestros, los vínculos familiares, la maternidad y la paternidad; es decir, la memoria y la identidad. "Recordar no parecía sensato", dice Morrison al final de la novela. Más recientemente, la película Saint Omer (2022) de Alice Diop ha reflexionado sobre las consecuencias que tiene para los antiguos súbditos coloniales franceses la migración a la antigua metrópolis: el desarraigo, el sentimiento de culpa, lo que significa "integrarse" en una sociedad blanca y el precio a pagar para conseguirlo. Explorar estas experiencias y fenómenos para el caso catalán es tan complicado como necesario. Para ello, hay que abrir las bodegas de los barcos y las puertas de los barracones de esclavos para ponerles cara y nombres y apellidos, y así empezar a plantear hasta dónde hay que recorrer los efectos de la participación catalana en la esclavitud. Es tanto legado catalán de la esclavitud la fortuna repatriada de los Baró, Flaquer o Samà, como la experiencia familiar de los esclavos que dejaron atrás.

La maqueta de un ingenio en la exposición 'La infamia' del Museo Marítimo de Barcelona.
La maqueta de un ingenio en la exposición 'La infamia' del Museo Marítimo de Barcelona.Gianluca Battist

Las limitaciones que condicionan la memoria colonial en Cataluña se hacen patentes precisamente en la incapacidad de representar los espacios de vida de los esclavos en toda su dimensión. La maqueta de un ingenio —una plantación de azúcar cubana— preside la sala de la exposición dedicada al mundo de la esclavitud en las colonias. Blanca como el azúcar refinado, la maqueta reproduce con detalle estos complejos industriales que poblaban el mundo rural cubano. Sin el verdor tropical, los barracones y las chimeneas del ingenio recuerdan más un campo de concentración que una hacienda colonial. La ausencia de color aleja de la imagen del Caribe idílico de resortes y playas paradisíacas y pone de cara una industria que devoraba vidas humanas al ritmo del pisado mecanizado con máquina de vapor.

Si deshumanizar lo ingenio es un acierto, el gris de las paredes que lo rodean es una oportunidad perdida. La maqueta lista las veintiún secciones del ingenio, pero se olvida del campo de caña, el cañaveral, el lugar donde la violencia diaria marcaba la vida de la mayoría de las personas esclavizadas. Pintadas de verde caña, las paredes de la sala habrían podido profundizar en el contraste entre la belleza de los campos y la violencia que esconden. El esclavo cortante caña sólo tiene reservada una fotografía de finales de siglo. En cambio, se reproducen profusamente los grabados encargados por los propietarios, que invisibilizaban la dureza del trabajo esclavo con unas representaciones pulcras y equilibradas de sus ingenios. Centrados en explorar la participación catalana en la esclavitud, se ha olvidado que, al obviar los esclavizados, se está reproduciendo involuntariamente una perspectiva que hace de los blancos, los catalanes en este caso, los únicos personajes históricos que vale la pena tener en consideración. Incorporar tradiciones críticas, especialmente las provenientes del Caribe, puede ayudar a evitarlo.

Es tanto legado catalán la fortuna repatriada de los Barón o Flaquer como la experiencia familiar de sus esclavos

"Tan bonito el mundo allí fuera, pero dentro del coche...", dice Beli, la madre de Óscar Wao, mientras la apalean en medio de los campos de caña de la República Dominicana. En The Brief Wondrous Life of Oscar Wao (2007), Junot Díaz explora los múltiples significados que el cañaveral ha tenido para las sociedades del Caribe. Fruto de la paliza, la madre del protagonista sufrirá un aborto y huirá a Estados Unidos. El cañaveral de Díaz es un lugar estéril, como lo era para las mujeres esclavas, que sufrían de amenorrea por la extenuación de cortar caña. Pero, como la bodega del barco de esclavos, el campo de caña también ha sido un espacio ambivalente. El artista cubano Wilfredo Lam representó cómo de entrelazadas estaban la caña y las vidas de la población negra del Caribe en su obra La jungla (1943). El caño era fuente de violencia y de trauma, pero también un lugar de refugio y de vida, y los artistas de hoy siguen reivino como un espacio de identidad. "Tú no eres hijo del cañaveral, escoria / Tú eres hijo del más corrupto de la historia", cantan los puertorriqueños Residente, iLe y Bad Bunny al ahora exgobernador de la isla Ricardo Rosselló (nieto de mallorquies).

'Una historia de reconciliación', proyección en la exposición 'La infamia: la participación catalana en el esclavo colonial'
'Una historia de reconciliación', proyección en la exposición 'La infamia: la participación catalana en el esclavo colonial'Sally Fenaux (Museo Marítimo de Barcelona)

Aproximaciones como las mencionadas aquí, de Morrison a Díaz y de Marley a Residente, contrastan con los clichés que cierran la exposición con la voluntad de reflexionar sobre el racismo hoy: Nelson Mandela, Martin Luther King, Rosa Parks. La excepción es el audiovisual de Sally Fenaux: una mujer negra se baña en el mar, otra pinta un cuadro en el que dominan los tonos azules. Como  el cañaveral, el mar ha sido fuente de esclavitud y violencia para la diáspora africana en América. El artista se apropia de él para cambiarle el significado, mientras una voz en off insta a crear nuevas y mejores historias. Esta intervención dentro del marco de la exposición traza un rumbo a seguir: el de sinergias más intensas entre el mundo artístico y el académico, encontrando el equilibrio entre el rigor y la exploración reflexiva, con el fin de abrir caminos que permitan elaborar con criterio una memoria colonial en Cataluña y hacerlo con el apoyo de tradiciones que hace más tiempo que se enfrentan a estas cuestiones, ya sea la africana o la caribeña, y sus ramificaciones catalanas.

La infamia. La participación catalana en la esclavitud colonial. Museo Marítimo de Barcelona. Hasta el 5 de octubre de 2025

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En la fotografia de cabecera: Una imagen de 'La infamia', en el Museo Marítimo de Barcelona.Gianluca Battista